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¿Bendición o maldición? El día que perdí mi cosmetiquero

Usar maquillaje es algo tan establecido en la cultura actual, que no usarlo es casi una declaración de protesta pro “naturalidad sin complejos”. A mí se me perdieron todas mis pinturas y mis amigas y editor me miraban con espanto.

22 de Octubre de 2015 | 12:36 | Por Ángela Tapia Fariña, Emol
Soy de las mujeres que pierden todo. Desde chica aprendí lo que era perder mi billetera con mi credencial del Club Nesquik, hasta la máquina de escribir y un sinnúmero de joyas de mi mamá. Pero –y por favor, no me juzguen de superficial-, el día que perdí mi cosmetiquero, ha sido la única vez que me sentí irresponsable e impotente, y con un extraño sentimiento que describiría así: sé que esto es superficial y hasta una estupidez, pero me siento algo desvalida y en pánico sin mis pinturas. Y mientras mis amigos hétero me miraban con su indolente cara de “ya, ponle color”, mis amigas hétero y amigos gay reaccionaban con el mismo espanto que sentí yo cuando descubrí que el bendito estuche con pinceles, correctores, bases líquidas, sólidas y en polvo, sombras –en crema y compactas-, blush en varios tonos, labiales por montones y máscaras para todo tipo de ocasión, no estaba en ningún lado.
Plauto, dramaturgo romano del siglo I a.c.:
“Una mujer sin pintura es como comida sin sal”.

El tema es el siguiente; una mujer, a mis coquetos 32 años, se preocupa de los productos que aplica en su rostro. Por ende, invertimos, y no solo en pinturas, también en pinceles, que bien sabrán las que han hecho el esfuerzo de comprar algunos buenos, pueden llegar a costar, perfectamente, 30 mil pesos. ¿Cómo es posible eso? Bueno, así es no más. Nunca nadie ha dicho que la vida sea justa.

Y porque las cosas son así de tristes no más, a continuación resumiré una de las cosas más humillantes que he hecho en mi vida, y que solo menciono porque grafica la delicadeza del asunto que nos convoca aquí: fue tal la desprotección que sentía sin pintura -al menos para salir, porque en mi trabajo con o sin maquillaje, mi editor me dice que me veo cada día peor- que partí a una tienda de retail a “probar” los productos de un stand. Pero sí, la pobre verdad es que no estaba probando nada. Me estaba maquillando descaradamente para poder salir más digna esa noche.

No es ser hueca, es un tema cultural


Tal como dice el subtítulo, toda esta parafernalia con el maquillaje es más un tema cultural, que cualquier tipo de banalidad que las prejuiciosas mentes podrían pensar. Y no lo digo yo (la “histérica del cosmetiquero perdido”), lo dice Lisa Eldridge, una maquilladora que lleva 20 años en el rubro y que hasta se ha dado el trabajo de hacer un video donde repasa los mejores y peores momentos del maquillaje a lo largo de la historia, partiendo -imagínense- con los egipcios.


“Hay muchos papeles distintos que el maquillaje juega en la vida de una mujer”, dijo ella, quien también escribió “Face Paint: The Story of Makeup”. “Está el aspecto lúdico y creativo -¿quién no disfruta de untar un pincel en una paleta de colores?-. Y también está el rol de fomentar la autoestima -¿por qué no cubrir esa enorme mancha roja que tienes en la nariz, si puedes hacerlo?-. Y por último, está el tema de la pintura para la guerra y el tribalismo. El maquillaje te ayuda a sentirte más fuerte y preparada para enfrentar cualquier situación”.

Después de leer eso, entendí que lo mío no era tanta tontera como pensaba. No señores, había razones históricas que estaban provocando en mí tal desazón. De hecho, no soy la única. Si se fijan, hoy en día, no usar maquillaje es casi una declaración de protesta en contra de lo supuestamente establecido culturalmente (usar pinturas). Y por eso, las “rebeldes” van y suben valientemente sus selfies al natural (pero yo no les creo nada. Apuesto que usaron algún filtro generoso de Instagram).

Las pérdidas más lamentadas


Yo sé que poco importan mis sentimientos en este review de productos, así que iré al grano, defendiendo hasta la muerte aquellos que más me dolió perder en mi cosmetiquero, porque sí, son buenos y recomendables a ojos cerrados: mi lápiz de ojos, blush y base en crema Bobbi Brown, mi corrector de ojeras Kiehl’s y la máscara de pestañas “Baby doll” y brillo “Tint-in-oil”, de YSL.

A los primeros los conocí en la propia tienda de Bobbi Brown, buscando cosméticos que sirvan para su función, pero que no sean tan toscos como para que una parezca puerta pintada, o, como decimos entre algunas amigas, parecer “callejera”.

Y sé que la propia señora Bobbi, a sus 58 años, además de verse increíble, siempre ha ofrecido sus productos como una herramienta de resaltar la propia belleza, más que estar haciéndose la cara de nuevo con el maquillaje. Y como ella, sus maquilladores, como Rogelio Reyna, van por el mundo pregonando la misma ley: “La gracia no es tapar tu cara, sino que sacar provecho a quien eres”, tal como me comentó él cuando vino a Chile.
Lisa Eldridge, maquilladora:
“Hay muchos papeles distintos que el maquillaje juega en la vida de una mujer”.
En cuanto a YSL, siempre he admirado a Yves Saint Laurent, pero con el sueldo que mi editor no quiere subir, no puedo adquirir alguna prenda de vestir de la firma. Así que en mi condición de fan, salté de alegría cuando mi propio editor me dio como “bono-crema”, maquillaje del look "Black Opium" que lanzó hace un tiempo la marca. Y decir que las diferencias con otras pinturas son evidentes. La máscara tiene efecto pestañas postizas, y pese a entregar volumen y alargar la mirada, nunca, jamás, verán un grumo de rímel o una sola pestaña caída al desmaquillarse los ojos. Además, el brillo es una delicadeza, la luz perfecta para los labios, sin parecer cola fría como otros que prefiero ni recordar.

A quien sí quiero recordar siempre es a Carolina, una vendedora de la tienda Kiehl’s del Parque Arauco, que me presentó el corrector “Clearly Corrective Dark Circle Perfector SPF30” y me enseñó que los dedos anulares sirven para algo más que para sostener anillos: Como son medios flojitos y tienen poca fuerza, son los ideales para aplicar cualquier producto en la delicada piel que rodea los ojos.

Cuando pierdes tu cosmetiquero, el único consuelo que queda es pensar que las cosas materiales no son nada, y que la belleza va por dentro. Pero no voy a mentir que cuando pasé por una oficina de mi trabajo, preguntando si habían dejado un estuche de pinturas perdido, y me entregaron mi querido cosmetiquero, olvidé todas esas moralejas y abracé mis maquillaje como Gollum se aferraba a su querido anillo, diciéndole “my precious”. Total, ya lo decía Plauto –un dramaturgo romano del ¡siglo I a.c.!: “Una mujer sin pintura es como comida sin sal”.
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